miércoles, 27 de abril de 2022

A LA MEMORIA DE CONSUELO HERRERO

SOBRE CONSUELO…

Hablar sobre Consuelo es fácil, y al mismo tiempo difícil, fácil, porque bastaría con decir que Consuelo era la bondad personificada, y difícil, porque es muy complicado enumerar y determinar qué comportamientos, acciones, sentencias, frases, palabras, valores, hacen que instintivamente o sin querer califiquemos a Consuelo como una persona muy buena.

Un tiempo después de haberme casado con Consuelito, José Antonio, un hijo de Primi, que fue vecina de Consuelo, me dijo que yo había tenido mucha suerte, pues mi suegra era la persona más buena del pueblo. Conociéndole, no sabía si me lo decía irónicamente, por lo del tópico de la relación tensa e intensa entre el yerno y la suegra, o me lo decía sinceramente con tono jocoso. El paso del tiempo certifico que yo había tenido mucha suerte y que José Antonio decía la verdad.

En el velatorio, pude comprobar también que muchas de las personas que transmitían sus condolencias a la familia, repetían la misma frase: Consuelo era una persona muy buena. Esa cualidad del ser humano es la que definió la personalidad de Consuelo.

Consuelo era tan discreta como generosa, tan humilde como honesta, tan educada como modesta. Inclusive, en sus últimos días, en la difícil tarea de morir, como ella me decía, se preocupaba, y se echaba la culpa por causar muchas molestias, quehaceres y trabajos a sus hijos y familiares para asistirla en la dramática empresa de fallecer.

He perdido uno de mis tres Consuelos, a mi suegra, y aunque tenga todavía a mi madre Chelo y a mi esposa Consuelito, estoy muy apenado, al igual que la familia de Consuelo, pues todos sentimos una inmensa Gratitud hacia ella, por lo que ha hecho de algún modo por cada uno de nosotros, y no podremos olvidarla, porque la Gratitud a diferencia del agradecimiento es como la memoria del corazón.

C. Bernal (Harold)

     ***

TE ABRACÉ

16 centros de flores tenías el día 13. Encima de ti y llenando la sala de al lado. Representando a toda una comunidad que no cesan de repetir lo “buena” que fuiste toda tu vida. Todo lleno de flores. Encima de ti también y en medio de todas esas flores, una fotografía que te saqué hace unos años en la que te estás riendo. Hago hincapié en este encuadre, porque es con la imagen que quiero quedarme. No hice fotos. Yo, que suelo sacar fotos de absolutamente todo lo que me importa. Al principio me arrepentí de ello, a pesar de no haberlo hecho por respeto a quienes pudiera ofender. Sigo arrepintiéndome un poco porque era una estampa preciosa dentro de lo que cabe decir esto. Pero ya duele menos, porque, aunque no tenga la imagen materialmente, sí la tengo aquí (dentro de mí). Y no solo yo, sino todo el mundo que fue a verte la tendrán también.

También duele menos porque todas las decisiones que estuvieron en mi mano supe tomarlas bien. No voy a mentir, antes de venir dudé. Tenía miedo. No despedirme también era una opción, quizá menos dolorosa, pero quizá también más cobarde. Cada uno lo vive a su manera. Nunca imaginé lo mucho que sana poder despedirse.

Llegué a tiempo de verte, imaginaba las condiciones, pero aun así me contestabas y me sonreías. Te acaricié la cara, el brazo y el pelo, te abracé. Lo último que te dije fue “Ya vuelvo en otro momento un rato, abuela, te quiero.” Me hiciste un gesto que no supe descifrar. Aun siendo consciente de la realidad no fui consciente de que no habría otro momento.

Es como si me hubieras esperado, pensaba. Pero rechazaba mi propia idea sonándome egocéntrica, hasta que otros pusieron voz a esa idea también. Los días anteriores, entre lo poco que balbuceabas, dijiste estar con la esperanza de que adelantara mi viaje porque ni tú misma creías que ibas a aguantar tanto, y aguantaste hasta vernos a todos. Yo no sabía nada de antes de venir. Estoy orgullosa de cómo actuó mi familia con el tema. Enterarme ahora, enterarme ahora de esto, habiendo tomado la decisión sin estar influida, es mi mayor regalo.

Lo tengo en bucle: menos mal que vine, menos mal que vine, menos mal que la dije que la quiero. Qué fallo hubiera sido no venir, y de algún modo, decepcionarte.

He aprendido una lección muy importante: nunca hay que posponer abrazar a quien amas, en la vida no hay nada más importante que eso. A partir de este abril, celebraré este mes en nombre de las dos.

Amanda Bernal Arranz


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