Pedrajas, igual que gran parte del norte de España, vivió ayer una jornada histórica, de esas que todos recordaremos el resto de nuestras vidas y que nos servirá en adelante para situar otros hechos de nuestras historias personales.
Por la tarde, en las horas previas, todo era gente en movimiento, a pie o en coche, preparativos, con prisas, como si fuéramos a llegar tarde a algún sitio. Y ese sitio era un buen emplazamiento para presenciar el ocultamiento del sol por la interposición de la luna. Algunos se limitaron a salir a la calle y situarse en puntos que permitieran ver bien el sol. Otros se llegaron hasta las afueras del pueblo, a la vista del campo, mirando hacia Olmedo y Alcazarén.
Mucha gente optó por desplazarse en vehículos hasta parajes cercanos, en plena naturaleza. Sacedón, con vistas a la ribera del Eresma, cuesta de Táñago y El Pisón, fue el lugar en que el Ayuntamiento repartió las gafas necesarias para mirar al sol y donde se congregaron muchos vecinos del pueblo. Las laderas y las cumbres del Monte, mirando siempre al poniente, congregaron también a numerosas personas. Por ejemplo, la cercana cuesta de la Silla, con el roble que la caracteriza. La mayor parte −grupos familiares, cuadrillas de amigos, peñas− aprovecharon para llevar algo de comida y merendar, mientras se iba siguiendo la evolución del eclipse, preferiblemente a la sombra.
Nuestro grupo se situó en la ladera del Pico de Pinares, sobre la cañada de Palacios, al lado de las ruinas de una fábrica de yeso, con vistas a Alcazarén. Junto a nosotros, a la sombra de los pinos, un grupo de jóvenes veinteañeros, dando buena cuenta de la merienda y acercándose de vez en cuando a seguir la evolución del acontecimiento. Otra cuadrilla decidió subir hasta las rocas calizas que coronan el citado pico. Por debajo también había gente.
Así llegó el momento cumbre en que la luna oscureció por completo al sol, que cada uno de nosotros vivió de una manera parecida. Nos embargó el asombro, la emoción, el sentimiento de estar viviendo un acontecimiento de carácter universal, nunca mejor dicho. Y antes, en los minutos previos, vimos cómo la oscuridad se iba adueñando del espacio, cómo disminuía la temperatura… Después, poco a poco, volvió la luz, pero ya no era esa luz brillante de un sol en su esplendor. Había llegado el momento del ocaso, un anochecer en el que el astro rey se vestía de un color rojo vivo.
Estos días, en que tanto se ha hablado de tan grande acontecimiento, recordé que mi abuelo Donato Santos Chicote, siendo un muchacho de 15 años, vivió el eclipse total de 1905 en su pueblo, Mata de Cuéllar. Nos decía a sus nietos que estaba cuidando vacas en el campo y que de repente comenzó a hacerse de noche, antes de tiempo, sin saber a qué se debía ese fenómeno meteorológico. Las vacas se tumbaron en el prado, dispuestas a dormir. En aquel tiempo, noticias como esta no llegaban a algunos lugares, no llegaban a algunas gentes.
Casi anochecido, los faros de los coches, descendiendo del monte, iluminaban los caminos de regreso a Pedrajas. A las once de la noche, actuaba en la remozada Plazuela de la Iglesia, el violinista francés Thomas Potiron, conocido ya por sus actuaciones en el acto de proclamación de las reinas y pregón de este año y de otras fiestas anteriores. El escenario estaba situado en el ángulo que forma la torre con la zona de la portada coloca a los pies del templo. Por delante, las sillas dispuestas por el Ayuntamiento. Y al lado, los chorros de agua que hicieron las delicias de los niños que correteaban por allí. Así finalizaba en nuestro pueblo una jornada inolvidable, de la que todos conservaremos fotografías y vídeos como recuerdo, además de nuestra memoria.















































