POR LA ASOCIACIÓN DE JUBILADOS “RÍO ERESMA”
Pedrajas de San Esteban, 24 de enero de 2026
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MEMORIA DE MI VIDA
Nací en Pedrajas, el día 18 de junio de 1935, en una casa de la travesía de la calle Gallegos, aunque luego mi familia se fue a vivir a la calle de la Calera, en la carretera de Alcazarén. Mi padre se llamaba Ángel y trabajaba en la yesera de Luis Salgueiro, como picador. Romana, mi madre, de la familia de los Parliques, se dedicaba a las tareas de la casa, que no le faltaron, con ocho hijos: Julián, Eugenia, Rosario, Sabina, Piedad, Marcos, Ángel y Jesús.
De pequeño me llamaban Marquitos. A los seis años, empecé a ir a la escuela, que estaba en la planta baja del ayuntamiento, por detrás. Mi maestro era don Justi. Por hacer alguna fechoría, nos quedaba algún día castigados sin ir a comer, a mí y a mis amigos −Alfredo Hurtado y Paco Romo− pero cuando lo veíamos pasar a tomar café en la pastelería, nos escapábamos a casa.
En esa época, ya me mandaban ir al campo, a coger amapolas para los conejos, con un saco. Y también lentejas de esas que se criaban en el agua de los caces y bodones que había en el pueblo, para que las comieran los marranos. Con una especie de coladero grande, para que escurriera el agua, las iba echando en una herrada. De vuelta a casa, solían montarme los labradores, en sus machos o burros.
Solamente asistí a la escuela tres años. Cumplidos los nueve, empecé a trabajar en una huerta que mi familia hizo a la derecha de la carretera de Alcazarén, frente a la Dehesa. Lo primero fue abrir un pozo y colocar una noria, movida por un burro. También llevaba la comida a mi padre, a la yesera, y empecé a quedarme en ella ayudando en lo que me mandaban.
A los catorce años me dieron de alta en la mina de yeso, que pertenecía al señor Santos Sanz, el marido de la señora Domitila. Empecé como ayudante en el horno hasta que aprendí a encañar el yeso, quemarlo con la ramera que traían del pinar en los carros, molerlo y finalmente cernerlo antes de envasarlo en sacos de yute. Y me fui ganando la confianza del dueño por encargarme de las tareas de mantenimiento del motor, las poleas, los carretillos, si se fundían los plomos, etc. En todos los sitios donde he estado he trabajado duro. Me ha gustado el trabajo bien hecho y creo que ese esfuerzo siempre se me ha valorado de alguna manera.
Mis amigos de la mocedad fueron Cruz Andrés, los hermanos Emiliano y Domingo Pérez, Julio Fraile, Santiago Capa (Sandrini), Juliete Morejón, Fausto Andrés y Juanito Cisneros. Pusimos el mayo y la velada, pero no matamos la gallina por no permitirlo el ayuntamiento, ya que en esa época estaba prohibido por las leyes.
Por las fiestas de San Agustín, hacíamos el pozal, en casa de Juanito. Tres años seguidos, nos encargamos de las mulillas que arrastraban a los toros de las corridas de muerte. Con el dinero que nos daba el Ayuntamiento preparábamos meriendas y una vez nos fuimos al fútbol a Valladolid.
Allí, en Valladolid capital, me tocó hacer la mili, en Sanidad. Era el año 1956. Tuve buena suerte. Preparándome logré ser cabo segundo y empecé a estudiar para cabo primero, pero entonces me licenciaron. Disfruté de permisos muchas veces, me dieron las llaves de la oficina y aprendí a escribir a máquina un poco… con un solo dedo.
En la comida de los quintos conocí a Amelia, unos años más joven, que había acudido como acompañante de su hermano Teodoro, quinto mío. La familia −formada por el señor Anastasio Arranz y la señora María Santander, con los hijos que entonces tenían− había llegado a Pedrajas desde Alcazarén, a vivir en la finca La Manteca, donde Anastasio se dedicó a cultivar las tierras, el majuelo y los árboles frutales.
Al venir de la mili, trabajé para Muñoz en la agricultura, poco tiempo, y luego volví a la yesera. Por San Agustín, empezamos a salir Amelia y yo. Nos casamos el día 15 de diciembre de 1962, oficiando la ceremonia don José Martín Sordo, coadjutor de Pedrajas, que no nos cobró nada porque tenía amistad con él. El gasto lo hicimos en el salón de baile del señor Germán y de la señora Cruz, los padres de Chicote. El viaje de novios, a Madrid, en casa de una prima mía. Eran otros tiempos.
Al principio, vivimos en una casa de la carretera de Alcazarén, donde ahora tiene su local la peña Las Mañanitas. Después, alrededor del año 1966, estrenamos la casa donde actualmente vivimos, en la calle Nogal, nº 7, una de las veinte viviendas promovidas por una comunidad de vecinos con el nombre de San José Obrero.
A los tres meses de casados, Amelia y yo nos fuimos a Francia, por expedición, con un contrato de tres meses, a trabajar en la agricultura. Pero a los cincuenta días nos vinimos, pues me había salido trabajo para montar la maquinaria de la Agrupación de Fabricantes de Yeso. Era el mes de junio de 1963.
Cuando acabamos de montar la fábrica, seguí ocupado en ella algún tiempo, unos tres años, en total. Después, empecé a trabajar en el matadero de aves que acababa de instalar don Andrés Muñoz a la entrada de Íscar. Pasado un tiempo, me nombraron encargado de mantenimiento y después encargado de personal. A pesar de ser mucho el trabajo que tenía, me apunté a un curso de electricidad en Íscar. Y un día, tan agotado estaba, que me quedé dormido en clase. En el matadero permanecí hasta el año 2000, en que me jubilé.
En casa he perdido el tiempo en todo. No ha hecho falta que entrase en ella ningún albañil, ni pintor, ni electricista. Empapelé las paredes, cuando eso se llevaba. También he hecho algo de carpintero, incluso talla de madera. Nunca he dicho que no a nada.
En cuanto a las diversiones, los domingos por la tarde, echaba la partida en el bar de Mariano, a la brisca, tres contra tres. Mis compañeros eran siempre Cruz Andrés y Julio Fraile, amigos desde mozos. En pareja, Amelia y yo salíamos con los matrimonios amigos: Cruz y Seve, Pili y Luis Salamanca, Jose el Sereno y Angelines, Antonio y Neli…
Mi espíritu, curioso e inquieto, me ha llevado a viajar todo lo que he podido. En 1987, poco antes de jubilarme y con motivo de nuestras bodas de plata, viajamos a Cuba, cuando casi nadie lo hacía. Una vez jubilados, con el IMSERSO, hemos salido todas las veces que podíamos, a otros países, como Francia, Italia y Portugal.
Hubo una época en que iba al Centro de Día, a hacer gimnasia y a echar una mano en lo que hiciera falta, junto con Luis Salamanca. Ahora voy todas las tardes a tomar café. En el buen tiempo, me gusta pasear a pie, con la bici ya no, por el peligro que corremos los mayores de caernos.
Dejo para el final lo más importante. Tenemos tres hijos: Ana, José Miguel y Rosa. Y una nieta llamada Zulema. Estamos muy orgullosos de todos ellos. Estoy satisfecho con la vida que he llevado, siento que la gente del pueblo y las personas con las que me he relacionado a lo largo de mi vida, me aprecian.
Quiero acabar este breve relato de mi vida agradeciendo, de corazón, a la asociación de Jubilados este reconocimiento que nos estáis dedicando esta tarde a Angelines y a mí. Gracias, también, a todos los que habéis asistido a este homenaje, y a Carlos, por haberme ayudado a poner voz a mis recuerdos.
IMÁGENES DE UNA VIDA




































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